La ballena jorobada se recupera, hay esperanza en el planeta

En las profundidades del océano, donde no alcanza nuestra vista, está ocurriendo algo maravilloso. Muchas poblaciones de ballenas jorobadas, previamente arrasadas por la caza comercial de ballenas, están recuperándose. Y no, antes de que preguntes, esto no tiene nada que ver con el coronavirus.

Ballena jorobada en la Antártida. © Abbie Trayler-Smith / Greenpeace

Un estudio reciente sobre ballenas jorobadas que se reproducen frente a las costas de Brasil y que viven en aguas antárticas durante el verano, ha demostrado que el número de ejemplares ahora se asemeja a los que había antes de la época en la que se cazaban. Los registros sugieren que en la década de 1830 había alrededor de 27.000 ballenas y que, después de los días de caza intensa, a mediados de la década de 1950, solo quedaban unos 450 ejemplares.

Da mucha tranquilidad observar lo que sucede cuando dejamos que la naturaleza siga su curso. Gracias a la prohibición de la caza comercial de ballenas en el año 1986, podemos decir que ahora esta población ha recuperado el 93% de su tamaño original. Al eliminar esta amenaza, la especie ha podido encontrar espacios seguros donde sobrevivir y prosperar.

Esta es una gran noticia para las ballenas, por supuesto, pero también para el clima. Mantener el carbono fuera de la atmósfera es clave para enfrentar la crisis climática y la contribución que puede hacer una sola ballena en este sentido es algo a tener muy en cuenta.

De media, una sola ballena almacena alrededor de 33 toneladas de CO2. Si consideramos solo las ballenas jorobadas antárticas que se reproducen en Brasil, proteger a esta población ha permitido almacenar 813.780 toneladas de CO2 en las profundidades del mar. Esto es alrededor del doble de las emisiones anuales de CO2 de un país pequeño como Bermudas o Belice, según los datos de emisiones de 2018. Porque, cuando una ballena muere, se lleva consigo el carbono almacenado en su gigantesco cuerpo a las profundidades del mar, manteniéndolo encerrado durante siglos.

Ballena jorobada en migración hacia la Antártida. © Paul Hilton / Greenpeace

Incluso el Fondo Monetario Internacional destacó en 2019 el valor económico del servicio ambiental que ofrece una ballena. A lo largo de su vida útil, una gran ballena está valorada en alrededor de 2 millones de dólares. La organización GRID-Arendal llega a afirmar que las ballenas están valoradas en un billón de dólares si tenemos en cuenta lo que aportan a la economía global.

Tuve el privilegio de ver muchas jorobadas durante el último tramo de la expedición de Polo a Polo de Greenpeace. Me alegra decir que las ballenas están por todas partes en aguas antárticas. Mi compañera de camarote, que no bebe ni una gota de alcohol, se despertaba algunas mañanas con una “resaca de ballena” después de haberse quedado despierta hasta muy tarde viendo a las ballenas alimentarse en la proa de nuestro barco.

Como bióloga de ballenas, he escuchado durante décadas a los viejos balleneros en las comunidades en las que he vivido y trabajado (Shetland, Azores, Nueva Zelanda y Nueva Caledonia) contar historias como que, en el pasado, había tantas ballenas que podías cruzar una bahía a lomos de jorobadas. O eso decían. Mi experiencia en la Antártida me ha hecho acordarme de estas historias y recobrar la esperanza de que podamos trabajar hacia la recuperación de otras poblaciones y especies, para que todos y todas disfrutemos, no solo las pocas privilegiadas como yo.

Las jorobadas son probablemente la ballena más reconocible del mundo y realizan la migración más larga conocida de cualquier mamífero. Cada una de ellas es completamente única: el patrón de manchas blancas y negras en la parte inferior de la cola caudal es tan irrepetible como una huella dactilar humana. Al comparar las fotografías que tomamos durante la expedición de Greenpeace con una base de datos global de ballenas jorobadas pudimos identificar 49 ballenas jorobadas. Todas los ejemplares en la zona estaban ocupados alimentándose y tratando de engordar.

Aleta caudal de ballena jorobada cerca de la isla Elefante, en la Antártida. © Abbie Trayler-Smith / Greenpeace

Una de ellas era conocida anteriormente como “HW-MN1300988” y ahora nuestro equipo la ha bautizado como “Mir”, en honor a nuestro operador de radio cuyo cumpleaños coincidió con el día en el que identificamos de nuevo a este animal. Mir fue fotografiada por primera vez en 2012 frente a la costa del Pacífico de Panamá y fue fotografiada de nuevo regresando a las aguas antárticas durante los siguientes tres veranos, proporcionando evidencia directa de cómo de lejos viajan estas ballenas por los océanos.

Pero, por supuesto, no todo son buenas noticias. Algunas ballenas siguen estando amenazadas por la caza. Algunas especies, como la ballena azul, todavía no se han recuperado de la caza comercial. Todas ellas se enfrentan a un sinfín de amenazas causadas por la actividad humana: contaminación sonora, química y plástica, choques contra barcos, redes de pesca en las que quedan atrapadas, gestión pesquera insuficiente y el cambio climático. La vida es dura para las especies marinas que están ahí fuera. Una de las jorabadas que identificamos durante la expedición, “HW-MN1301140”, tenía una aleta caudal a la mitad como característica distintiva, probablemente como resultado de haberse enredado en artes de pesca.

La recuperación de las ballenas jorabadas en aguas antárticas es también un ejemplo de lo que pasa cuando los gobiernos unen fuerzas para proteger los océanos. A la moratoria sobre la caza de ballenas le siguió la creación de “santuarios de ballenas” y regulación sobre el comercio de especies en peligro. Tenemos las herramientas y la ciencia. Nos falta la voluntad política para crear espacios que permitan a la vida marina recuperarse.

Porque sabemos que el océano puede recuperarse. Y en la actualidad estamos en una encrucijada importante para que suceda: es un gran desafío, pero podemos perder mucho si lo ignoramos. Una revisión reciente en la revista Nature sugiere que si los océanos están protegidos, la vida marina puede recuperarse. Las ballenas son un ejemplo, otros incluyen tortugas, nutrias marinas, focas y, algo crítico para los humanos, la pesca. Protección significa una red bien conectada y bien administrada de áreas marinas protegidas que cubra al menos el 30% de los mares y océanos y permitan que la vida marina se desarrolle. La ciencia es clara: esto puede suceder y funciona.

Quién sabe si todas esas viejas historias de ballenas jorobadas de las bahías costera son ciertas, pero estaré encantada de descubrirlo.

Por la Doctora Kirsten Thompson, científica marina y profesora de Ecología en la Universidad de Exeter. Texto original aparecido en la Revista Time y traducido por Pilar Marcos

Fuente: GreenPeace

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